
por Javier Peró
Presidente del Directorio de Kyklos
Chile sigue enviando residuos orgánicos a rellenos sanitarios, pese a que existen soluciones probadas, viables y disponibles para reducirlos de manera significativa.
Chile está atrapado en una discusión que parece girar siempre en torno al mismo punto: los rellenos sanitarios se están quedando sin capacidad. Según la “Radiografía de los residuos domiciliarios en Chile”, realizada por Kyklos en conjunto a la Asociación Chilena de Municipalidades, el 20% de la basura se deposita en rellenos que ya cumplieron su vida útil, y otro 21% lo hará en los próximos cinco años.
Los municipios gastan una parte importante de su presupuesto en trasladar residuos que se podrían recuperar, como el caso de Ancud, que viaja hasta Los Ángeles para disponer su basura. Mientras tanto, las emisiones asociadas a los rellenos siguen aumentando. Sin embargo, las soluciones ya existen, funcionan, y solo requieren voluntad para implementarse.
La valorización de orgánicos mediante compostaje y biodigestión anaeróbica es una de las estrategias más inteligentes —ambiental, social y económicamente— para enfrentar la crisis de los residuos.
La evidencia es contundente. Una parte significativa del metano emitido por los rellenos sanitarios proviene de la descomposición anaeróbica de residuos orgánicos. El metano es un gas de efecto invernadero muchísimo más potente que el CO₂ en el corto plazo. No hablamos solo de un problema territorial: hablamos de un impacto climático global.
Un estudio del Instituto Emmett de la Universidad de California (UCLA) reveló que los rellenos de Penco y Talagante se encuentran entre los cinco más emisores de metano a nivel mundial. La pregunta es evidente: ¿por qué seguimos enviando orgánicos al relleno si existen alternativas mejores, probadas y disponibles?
Plantas de compostaje: una solución inmediata y de baja inversión
Las tecnologías para compostaje están consolidadas, son asequibles y pueden instalarse en prácticamente todas las comunas del país. Esto permitiría reducir en hasta un 50% el volumen de residuos domiciliarios enviados a rellenos sanitarios, optimizando además los presupuestos municipales, que hoy destinan entre 20% y 30% de sus recursos a la logística y disposición de basura.
Biodigestores urbanos: energía y fertilizante a partir de los residuos
También existe tecnología para la implementación de biodigestores urbanos que procesan residuos orgánicos y los transforman en energía y fertilizante. Un ejemplo destacado es el Mercado Urbano Tobalaba (MUT).
El biodigestor instalado en MUT permite recuperar 1 tonelada diaria de orgánicos, transformándola en biogás para calentar agua utilizada en el lavado de loza, además de generar fertilizante.
Este sistema, implementado junto a BZero, demuestra que la infraestructura de valorización puede existir dentro de la ciudad, en escala intermedia, reduciendo emisiones y evitando que toneladas de residuos terminen en vertederos saturados. No requiere tecnologías inalcanzables ni inversiones gigantes: requiere decisión.
Lo que falta: regulación moderna y voluntad
Es urgente modernizar la normativa y facilitar que comunas, barrios y polos productivos implementen tecnologías acordes a su escala, desde plantas de compostaje hasta biodigestores urbanos.
Cada tonelada de orgánicos tratada localmente es una tonelada menos que se transporta cientos de kilómetros. Cada kilo convertido en energía o fertilizante significa ahorros para municipios, empresas y comunidades. Y cada metro cúbico de metano capturado tiene un impacto climático positivo inmediato.
No falta tecnología: falta regulación, permisos ágiles y un marco que deje de tratar a los residuos orgánicos como un problema y los empiece a entender como lo que realmente son: un recurso.












